sábado, 10 de julio de 2021

Antibalas



En el fondo se escucha coldplay, mientras analizo que estoy hecha de Kevlar. 

Son las 07:30 pm, me estoy secando la cara.

No voy a mentir, he llorado todos los días, mis nociceptores detectan y las heridas aún generan dolor.

El roce de las balas me dejan débil, sí duele, pero no me mata.

Soy antibalas. 

Las cicatrices me han demostrado que me he vuelto más fuerte, el tatuaje en mi costilla izquierda me lo recuerda cada que admiro mi reflejo en el espejo.

Mi umbral del dolor aumenta.

Vuelvo a decir, sí he llorado, pero no por ellos -aquellos que me hirieron-, sino por mí.

Por caer en una falsa ilusión, otra vez, y por creer que podían llegar a quererme cuando es imposible.

Soy imposible, y eso está bien, porque estoy hecha de kevlar. 

Dicen que cada quien paga su karma, y ya yo he pagado el mío. Como bien sé, no soy tan buena.

He sido arma mortal, y he provocado mucho daño. He causado heridas y he hecho caer lágrimas.

Así que puede que me lo merezca.

Ésta vez, me dispararon con la mismas balas que yo disparé, y por ende el impacto fue más fuerte.

Pero no me mató.

Estoy adolorida, no es de preocuparse, estaré bien.

Sobreviví a las puñaladas de cinco personas. ¿Cómo no voy a sobrevivir a algo como esto?

A veces me lleno de rabia, porque odio tolerar el dolor.

No es fácil tener que arrastrar vendas, tomar dosis de morfina y regalar sonrisas falsas para que nadie note tus heridas y que te duelen.

Estoy débil, sí, pero sigo hecha de kevlar.

Soy capaz de seguir recibiendo disparos.

Porque estoy segura de que vienen más




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