Hay quienes no tenemos un lugar y de tanto buscar permanecemos en la deriva, esperando que alguien nos mire, valore nuestra forma y nos dé un espacio donde encajar, como piezas de rompecabezas.
A veces nos dedicamos a probar, una y otra vez, piezas que se asemejan a la forma de nuestro vacío y lo único que logramos es deformar nuestro espacio, nos equivocamos al seleccionar las piezas y nos esforzamos en encajar, sin percibir que nos hacemos daño al forzar nuestros bordes y al exigir que nos reciba.
A veces decidimos abrir nuestro corazón, inconsciente e inevitablemente y dejamos que aquellos a los que le dimos un lugar lo recorran como les venga en gana, creen que pueden irse y volver como si nada, como si el corazón fuese un pasillo con puertas batientes.
A veces nosotros mismos no valoramos nuestra forma y nos exponemos fáciles y vulnerables para aquellos que nos probaron una vez.
A medida que vamos construyendo nuestro propio rompecabezas vamos coleccionando piezas que se adosan con facilidad, como almas gemelas, sin necesidad de presionar. Sin embargo, todos somos la pieza faltante en el paisaje de alguien más, la más difícil de encontrar.
Somos piezas de rompecabezas.
Deseosos de pertenecer.
De tener un lugar.
De llenar un vacío.
De que nos reconozcan sin necesidad de ocupar el espacio de alguien más.

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